Juventud y luchas democráticas en México
Desde hace por lo menos dos décadas, en medios de comunicación y en foros académicos, se ha intentado caracterizar a los jóvenes como un sector socialmente apático y políticamente inmóvil. Esta situación tiene referentes reales como los altos niveles de abstencionismo electoral en que incurren los jóvenes y su desdén hacia organizaciones, movimientos y partidos políticos. Las razones que motivan está actitud son necesariamente variables; sin embargo, es claro que para aquellos nacidos en la segunda mitad de los setentas y principios de los ochenta su entorno social ha estado determinado por un país en permanente crisis económica, con altos niveles de inflación y desempleo, con instituciones sociales en franco deterioro y con un sistema político autoritario y corrupto.
No obstante lo anterior, en distintos momentos y con diferentes generaciones, la juventud mexicana ha protagonizado y participado en movimientos sociales y luchas democráticas. El viejo régimen político caracterizado por el presidencialismo y el sistema de partido de Estado fue el marco en donde se desarrollaron tales manifestaciones.
Sin ánimos de ser exhaustivos y a sabiendas de omitir luchas regionales, consideramos que las protestas ciudadanas posteriores a los sismos de 1985 en la Ciudad de México, la huelga estudiantil de la UNAM en 1986-87, la lucha contra el fraude electoral en 1988 y el apoyo a las causas zapatistas en 1994, son referentes ineludibles a la hora de sintetizar un marco histórico que nos brinde sentido, principios y determinación en la actual coyuntura política nacional.
En septiembre de 1985 ocurrieron los terremotos que azotaron la Ciudad de México. Hubo edificios desplomados y una cantidad incontable de muertos y heridos. Ante la emergencia, los ciudadanos dieron muestra de una “solidaridad conmovedora” al rescatar sobrevivientes de entre los escombros, participar en labores médicas y sanitarias, preparar y distribuir alimentos para damnificados y voluntarios. Mientras tanto, en un acto de vergonzosa indolencia y desorganización, los gobiernos federal y local mostraron una incapacidad absoluta para enfrentar los lamentables efectos del sismo. Ante ello y tomando como marco el aniversario de la matanza del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, los damnificados se organizaron y salieron a protestar. Esas manifestaciones servirían como semillero de organizaciones vecinales demandantes de vivienda y la catapulta del movimiento ciudadano que años más tarde se sumaría a otras luchas democráticas de gran relevancia para la democratización de este país.
Uno de los sectores sociales más participativos durante los sismos de 1985 en la Ciudad de México fue, sin lugar a dudas, el de los jóvenes. Ellos fueron los rescatistas improvisados que llenaron los vacíos dejados por las autoridades. Sin convocatoria alguna, la juventud mexicana de ese entonces dio muestras de una solidaridad todavía no valorada de manera específica en términos históricos. Como en otros grandes momentos, la generosidad de la juventud salió a flote y dejó para siempre una impronta de participación social excepcional.
En 1986-87, los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), derrotarían a las autoridades universitarias en su intento por imponer cuotas . El entonces rector de la UNAM, Jorge Carpizo, propuso un plan que incorporaba parámetros neoliberales en el nivel de la educación superior. Ante ello, los estudiantes se organizaron y protagonizaron una de las luchas más trascendentes de la historia estudiantil.
Son memorables las sesiones de los debates públicos en el Auditorio “Che Guevara” de la Facultad de Filosofía y Letras entre los estudiantes y los representantes del rector, transmitidos en vivo por Radio UNAM; en aquella ocasión la fuerza estudiantil ridiculizó y puso contra la lona a las autoridades universitarias. Taxistas, amas de casa, empleados y la sociedad en general, escucharon emocionados por la radio como los estudiantes ponían en entredicho al autoritarismo y defendían con ahínco la educación pública y gratuita.
Los estudiantes, organizados en el Consejo Estudiantil Universitario (CEU), lograron detener las reformas neoliberales en la UNAM y arrancaron el acuerdo de realizar un Congreso Universitario. Las autoridades universitarias intentarían en 1992 y en 1999 impulsar las cuotas y, en ambas ocasiones, volvieron a fracasar. En las áulas de las escuelas y facultades de la UNAM quedaría la remembranza de esa victoria estudiantil y, aunque con perfiles ideológicos distintos, los movimientos estudiantiles posteriores siempre tuvieron la certidumbre de que con organización era perfectamente posible volver a derrotar los planes neoliberales en la UNAM.
Cuando en 1987-88 se escindió el PRI y se creó el Frente Democrático Nacional (FDN) encabezado, entre otros, por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, los estudiantes universitarios serían uno de los principales bloques que apoyarían el movimiento; hoy en día, resulta igualmente memorable el extraordinario mitin de Cuauhtémoc Cárdenas en Ciudad Universitaria en 1988, con la explanada de rectoría abarrotada por miles y miles de universitarios.
1988 es un parteaguas en la historia política del país. Con Miguel de la Madrid Hurtado como presidente, en aquel periodo se inicio la implementación del modelo económico neoliberal, abriendo las fronteras al comercio internacional y vendiendo los activos del Estado. Con una crisis económica galopante, se tenían niveles altísimos de desempleo e inflación. Paralelo a ello, la apertura política era limitada y el priísmo se regeneraba en su autoritarismo con una nueva clase política de tecnócratas formados en universidades del extranjero.
La Corriente Democrática escindida del PRI demandaba justamente eso: espacios democráticos dentro del propio sistema. Al verse negada esa posibilidad, rompieron con el PRI y se unieron a la izquierda histórica organizada en el Partido Mexicano Socialista (PMS). Cuando Heberto Castillo cedió la candidatura del PMS a unas semanas de la elección presidencial de 1988 y se adhirió a la candidatura de Cárdenas, se sellaría el pacto que daría origen tiempo después al Partido de la Revolución Democrática (PRD).
Las elecciones presidenciales de 1988 se recuerdan como las más fraudulentas de la historia política de este país. La noche de las elecciones, el entonces Secretario de Gobernación, el hoy senador priísta Manuel Barlett, declararía que el sistema de cómputo se había caído y que la publicación de los resultados se pospondría. En realidad, se sabría después, los resultados electorales que llegaban le daban una amplia ventaja a Cuauhtémoc Cárdenas y en una medida de emergencia el sistema optó por alterar los resultados a favor de Carlos Salinas de Gortari, el candidato del PRI. Fue el fraude de la ignominia.
La indignación no se hizo esperar. El pueblo se volcó a las calles y los tres candidatos opositores, Cuauhtémoc Cárdenas, Manuel Clouthier y Rosario Ibarra levantaron la voz de protesta. Mucha gente, enardecida, proponía tomar por asalto Palacio Nacional. El FDN no fue de la misma opinión y decidió canalizar la protesta por la vía civil y pacífica. En el marco de las protestas, un sector destacaba por su activismo, su entrega y su valor: los jóvenes. Muchos de ellos universitarios, otros no, lo cierto es que la juventud fue parte fundamental de ese movimiento tan importante para la democracia en México.
El otro movimiento que lograría atraer la participación de los jóvenes sería la rebelión indígena protagonizada en 1994 por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Dentro de la amplia gama de sectores, organizaciones y personalidades que apoyarían la causa zapatista, los jóvenes fueron particularmente sobresalientes. Organizaron caravanas que llevaban alimentos a las comunidades; en las ciudades más importantes del país, los puestos de promoción y apoyo a la causa eran levantados y sostenidos por jóvenes; conciertos de rock en universidades, jornadas de brigadeo y volanteo en las principales plazas públicas, creación de páginas web, en fin, toda una serie de actividades y trabajos a favor de los zapatistas fueron realizadas por jóvenes.
Cuando a principios de 1995 el entonces presidente Ernesto Zedillo lanzó una andanada contra el EZLN “desenmascarando” al Subcomandante Marcos e incorporando al Ejército a las comunidades zapatistas para desarrollar actividades de contrainsurgencia, las manifestaciones ciudadanas contra esas medidas contaron con un sector muy vistoso por activo: de nuevo los jóvenes.
Los jóvenes hemos sido y seguiremos siendo protagonistas de los grandes cambios que México necesita. La juventud ha dado muestras de estar a la altura de los retos que la coyuntura le plantea. Estuvo en los sismos de 1985, en la lucha contra el fraude electoral en 1988 y apoyando las causas zapatistas en 1994. Es necesario que renazca en este 2004.
El gobierno “del cambio” de Vicente Fox ha sido incapaz de generar los consensos políticos necesarios para la gobernabilidad del país; se ha convertido en cómplice de la guerra sucia y del Fobaproa al permitir la impunidad y no castigar a los responsables; ha utilizado facciosamente las instituciones del Estado para perseguir a sus oponentes políticos, repitiendo la más burda de las prácticas autoritarias del viejo régimen; ha ofrecido en charola de plata los recursos naturales del país a trasnacionales; ha sometido al país a los intereses estadounidenses y se ha alejado de las naciones latinoamericanas, en un desacato absoluto a la Constitución y a nuestra tradición en materia de relaciones exteriores; ha repetido dogmáticamente las recetas neoliberales en la formulación del esquema económico para el país, con toda su carga de pobreza y exclusión; en fin, ha hecho del fiasco y de la incapacidad de mando sus banderas más sobresalientes.
Ante el desastre del gobierno de Fox, el país necesita que la juventud colabore en el rescate a la nación. Su fuerza es vital para una verdadera transformación política, económica y social. Los jóvenes somos el presente y tenemos una capacidad invaluable de creatividad política y de participación social. El momento histórico que estamos presenciando debe convertirse en una oportunidad para volver a salir a las calles y pugnar por un México democrático, justo e igualitario. Estamos seguros que el verdadero cambio está más próximo de lo que imaginamos y que los jóvenes seremos impulsores fundamentales de esa gran transformación nacional.
¡ Nunca más un México sin nosotros ¡
1 La expresión corresponde a la escritora Elena Poniatowska. La Jornada, 1/09/04

